Ansiedad, estrés y nivel de actuación en el deporte. Relación Arousal-Rendimiento deportivo

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Una de las cuestiones que despiertan mayor interés entre las estudiadas por los psicólogos del deporte y el ejercicio físico es el modo en el que el arousal y la ansiedad afectan al rendimiento. Desde hace más de medio siglo, los estudiosos del tema tratan de entender y explicar cómo funciona exactamente el arousal, de aclarar por qué el mismo nivel de activación beneficia a una persona y perjudica a otra, de descifrar cuáles son las razones por las que en una misma prueba o en un mismo partido se pueden observar en la ejecución del deportista tantas fluctuaciones en los niveles de ansiedad y en sus efectos.

Por desgracia, a pesar de este enorme interés y del gran número de investigaciones realizadas, los especialistas no han conseguido llegar a conclusiones definitivas. Lo que sí han conseguido, sin embargo, es arrojar luz suficiente sobre algunos aspectos del propio proceso de activación, hecho que ha tenido implicaciones directas en la ayuda que hoy en día se puede ofrecer a los deportistas a la hora de mentalizarse para realizar una buena actuación. En este sentido, diremos que se han venido propugnando dos hipótesis para explicar la relación entre el nivel de arousal y la ejecución motriz: la teoría del impulso (drive) y la teoría de Yerkes-Dodson o hipótesis de la U invertida. Hace unos sesenta años, los estudios se centraron en la teoría del impulso, una polémica teoría que, a pesar de haber salido experimentalmente malparada (Freeman, 1940), se utilizó en la década de los setenta para explicar el fenómeno de la facilitación social. En la actualidad, los psicólogos deportivos han considerado que la teoría de la U invertida es mucho más sugestiva y convincente, aunque también es cierto que, en fechas recientes, se han propuesto algunas modificaciones e hipótesis nuevas, entre las que se incluyen las zonas de funcionamiento óptimo, el fenómeno de la catástrofe y la teoría de la inversión. Pasemos, a continuación, a analizar brevemente cada una de ellas.

Teoría del impulso

Hace ya algunos años, los psicólogos del deporte consideraron que la relación entre el arousal y el rendimiento deportivo era, sin duda, lineal y directa (Spence y Spence, 1966). Esta perspectiva, conocida en la literatura sobre la conducta motriz como la teoría del impulso (drive), especificaba y especifica que a medida que aumenta el arousal o estado de ansiedad de una persona, también lo hace su rendimiento. A efectos prácticos, impulso y arousal tendrían aquí la misma acepción y, por tanto, la actuación deportiva dependería tanto del patrón habitual de conducta del atleta como de su nivel de activación.

En efecto, la teoría del impulso, tal y como fue modificada por Spence y Spence (1966), sostiene que la ejecución deportiva (P) es el resultado de una función multiplicativa del hábito (H) y del impulso (D).

P=HxD

En esta formulación, el constructo hábito (H) se refiere al orden jerárquico o dominancia de las respuestas correctas (acierto) o incorrectas (fallo) del sujeto, mientras que el constructo impulso (D) tiene el significado de la intensidad del comportamiento. De acuerdo con esta hipótesis, cualquier incremento del nivel de arousal debería potenciar la probabilidad de emisión de la respuesta dominante, es decir, que un deportista hábil y competente mejorará su rendimiento a medida que vaya incrementándose su nivel de activación, y que, por el contrario, un deportista inexperto y poco diestro tendrá mayor riesgo de equivocarse y fallar. Así pues, en las primeras fases del aprendizaje de una destreza, cuando las respuestas dominantes son habitualmente las incorrectas, cualquier aumento en el nivel de activación conlleva un deterioro en el rendimiento. En cambio, cuando la respuesta dominante es una conducta correcta o bien aprendida, el incremento que se produzca en el nivel de activación facilitará y favorecerá la ejecución deportiva. Dicho con otras palabras, el aumento de arousal durante la adquisición inicial de destrezas puede perjudicar el rendimiento, pero a medida que la destreza se va aprendiendo mejor, facilita la ejecución.

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A primera vista, la teoría del impulso parece explicar con cierta consistencia y solidez la relación existente entre el arousal y ciertas actividades motoras gruesas que implican fuerza, resistencia y velocidad (Oxendine, 1984). Sin embargo, esta teoría no es capaz de dar respuesta al hecho de que también deportistas muy cualificados y con un amplio dominio de la técnica cometan errores cuando su nivel de activación se incrementa. Rainer Martens (1977), por ejemplo, ha revisado veintisiete estudios que ponen a prueba la teoría del impulso, de ellos doce apoyan la teoría del “drive” y quince no la apoyan. Asimismo, todos conocemos casos de velocistas sobreactivados que realizan salidas falsas en competiciones intensas, de levantadores de peso con un nivel de arousal elevado que han olvidado ponerse talco o de gimnastas que, preparándose para hacer un rizo elevado en el aire, han perdido la concentración al preocuparse demasiado por una posible caída. Además, al no existir jerarquías claras que midan el nivel de hábito de las respuestas motoras (Gil,1991), es imposible establecer si el deportista domina la respuesta correcta o no.

Teoría de la U invertida

Decepcionados por los resultados de los planteamientos y las predicciones de la teoría del impulso, la mayoría de los psicólogos del deporte dirigieron su atención hacia la hipótesis de la U invertida, una teoría formulada por R. Yerkes y J. Dodson (1908) que trata de explicar la relación existente entre los diferentes estados de arousal y el rendimiento deportivo. De acuerdo con esta hipótesis, el rendimiento de una persona aumenta linealmente con el nivel de activación hasta alcanzar un punto de inflexión, un máximo, a partir del cual cualquier aumento en el nivel de activación trae consigo un importante deterioro en la ejecución de la tarea. Según Yerkes y Dodson, a medida que aumenta el arousal desde la somnolencia al estado de alerta, hay un progresivo incremento en la eficiencia de la ejecución. Sin embargo, una vez que el arousal sobrepasa ese estado de alerta camino de la excitación, se produce un descenso progresivo del rendimiento. Dicho de otro modo, cuando el deportista presenta niveles bajos de arousal, la calidad de su actuación está por debajo de sus posibilidades reales.

Por el contrario, cuando los niveles de activación aumentan, también aumentan su entusiasmo y su rendimiento. Y esto es así hasta llegar a un punto óptimo de máxima ejecución, un punto a partir del cual cualquier incremento de arousal supone un descenso en la calidad y en la eficacia de la ejecución. Gráficamente, la hipótesis de la U invertida podría representarse de la siguiente manera:

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Aunque la forma exacta de la curva no es siempre la del patrón idealizado de la figura anterior, el detrimento en la ejecución ante altos y bajos niveles de arousal aparece con gran regularidad en la mayoría de las investigaciones. Por ejemplo, Martens y Landers (1970), en un estudio sobre el rendimiento motor de escolares, encontraron mayor estabilidad motriz en los sujetos con niveles intermedios de activación, siempre según medidas fisiológicas (ritmo cardíaco y sudoración palmar). Wood y Hokanson (1965) observaron una U invertida similar para la ejecución cuando el arousal ha sido experimentalmente provocado por diversas variaciones de la tensión muscular.

También Lowe (1973), a partir de los resultados obtenidos en un estudio realizado con bateadores de béisbol, llega a la conclusión de que con niveles moderados de activación el rendimiento es mejor. Más recientemente, Klavora (1979) afirma haber encontrado patrones de ejecución en forma de U invertida en los jugadores de baloncesto de la Escuela Secundaria, patrones medidos a través de las estimaciones de ejecución de los entrenadores y de autoinformes de los propios jugadores sobre su nivel de ansiedad en la competición. Por supuesto, algunos experimentos sobre el tema no muestran la curva característica de la U invertida (Murphy, 1966; Pinneo, 1961), pero, en general, el peso de la evidencia parece apoyar los planteamientos y las predicciones de dicha teoría.

 Un deportista excesivamente relajado, sin ninguna tensión, rara vez consigue obtener resultados positivos

Así pues, desde esta perspectiva no puede decirse que el arousal y el estrés sean, en términos absolutos y generales, algo negativo e indeseable para el deportista. Al contrario. Es evidente que para conseguir el mejor rendimiento se necesita alcanzar un determinado nivel de activación. Un deportista excesivamente relajado, sin ninguna tensión, rara vez consigue obtener resultados positivos. De todas formas, siempre es conveniente tener presente que al igual que cada tarea requiere, dependiendo de sus características y de su dificultad, un nivel determinado de arousal para su ejecución –las tareas más simples tienen una zona óptima más amplia que aquellas que son más complejas por la actividad motora que requieren, por el número de decisiones a adoptar o por sus características estimulares (Landers y Boutcher, 1991)-, también cada atleta, en función de sus características personales, fisiológicas y técnicas, tiene un nivel óptimo de arousal que le permite rendir al máximo de sus posibilidades, y que, además, ese nivel óptimo es diferente al del resto de los deportistas, incluidos los que practican el mismo deporte, tienen la misma experiencia o juegan en la misma posición. No olvidemos, finalmente, que no todos los deportistas alcanzan ese nivel óptimo de activación al mismo ritmo, y que, por tanto, hay que conceder a cada deportista el tiempo necesario para que logre alcanzarlo.

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Modelo de la catástrofe de Hardy

La teoría de la catástrofe de L. Hardy (1990) nos aporta otra pieza más en el complicado puzzle del arousal. De acuerdo con este  modelo, el arousal fisiológico está relacionado con el rendimiento deportivo según una función en forma de U invertida, pero sólo cuando el deportista no está preocupado o exhibe un estado cognitivo de ansiedad bajo. Sin embargo, si el nivel de ese estado cognitivo de ansiedad es elevado, es decir, si el deportista está verdaderamente preocupado por su actuación, llega un momento, justo después de haber pasado el punto de nivel máximo de arousal, en el que cualquier aumento en el nivel de activación trae consigo un notable y rápido descenso del rendimiento –una “catástrofe”-. De hecho, en condiciones de preocupación elevada, tan pronto tienen lugar el exceso de activación y la catástrofe, la ejecución deportiva empeora espectacularmente, lo cual difiere del descenso constante pronosticado por la hipótesis de la U invertida.

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Si el deportista está verdaderamente preocupado por su actuación, llega un momento, justo después de haber pasado el punto de nivel máximo de arousal, en el que cualquier aumento en el nivel de activación trae consigo un notable y rápido descenso del rendimiento –una “catástrofe”

Como puede observarse en la gráfica, el mensaje práctico de la teoría de Hardy está bien claro: para que el rendimiento sea óptimo no es suficiente con alcanzar un nivel ideal de arousal, también es necesario controlar el estado cognitivo de ansiedad. Así pues, podemos concluir este apartado señalando que la ejecución deportiva, según establece la teoría de la catástrofe, depende de la interacción compleja entre el nivel de activación y la ansiedad cognitiva.

Teoría de la inversión

La aplicación de la teoría de la inversión de J. Kerr (1985) al ámbito deportivo representa un paso más en la comprensión del arousal y de su relación con la ejecución motriz. Según sostiene esta teoría, el modo en el que el arousal de un deportista afecta a su rendimiento depende básicamente de la interpretación que el propio deportista hace de ese particular nivel de arousal.

En efecto, un atleta puede interpretar un nivel elevado de activación como una emoción agradable, excitante; mientras que otro, aun practicando el mismo deporte, puede considerarlo como una emoción absolutamente displacentera. Uno de ellos puede estimar que un nivel de arousal bajo es relajante, y el otro que es aburrido. En cualquier caso, la evidencia respalda que la mayoría de los deportistas hacen cambios rápidos –inversiones- en sus interpretaciones del arousal, de modo que pueden percibir un determinado nivel de activación como algo positivo en un determinado momento y un minuto más tarde pueden interpretarlo como algo negativo.

En este sentido, Martens (1987) sugiere que la consideración del arousal como un estado agradable o desagradable es fundamental para comprender su relación con el rendimiento deportivo. Si una persona interpreta el arousal positivamente (como energía psíquica positiva), ello afectará a la ejecución de manera positiva. Si, por el contrario, alguien lo considera como algo perjudicial (energía psíquica negativa), esta consideración influirá negativamente en el rendimiento. Así pues, tener una energía psíquica positiva alta y una energía psíquica negativa baja debería traducirse, según este autor, en el rendimiento óptimo del deportista. Por desgracia, las observaciones de Martens se basan en una experiencia práctica de trabajo con los deportistas, no en investigaciones, si bien sus puntos de vista tienen interés por la fuerte intuición que reflejan.

El hecho de disponer de procedimientos para poder controlar estos niveles de activación en todo momento, tanto durante la competición como antes y después de ella, se revela como algo necesario para todo deportista que quiera conseguir un rendimiento óptimo en aquellos momentos en los que más lo necesita

Sea como fuere, parece altamente positivo y recomendable que el deportista aprenda y ponga en práctica algunas técnicas que le permitan regular tanto el nivel de activación física como el estado cognitivo de ansiedad. El hecho de disponer de procedimientos para poder controlar estos niveles de activación en todo momento, tanto durante la competición como antes y después de ella, se revela como algo necesario para todo deportista que quiera conseguir un rendimiento óptimo en aquellos momentos en los que más lo necesita. Afortunadamente, la psicología dispone de una amplia variedad de técnicas al efecto, técnicas que posibilitan ese control en cualquier tipo de situaciones y con unos resultados muy positivos. Pasemos, seguidamente, a analizar algunas de ellas.

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Teoría de las zonas de funcionamiento óptimo (ZOF)

Yuri Hanin, un acreditado psicólogo del deporte ruso, presentó un enfoque alternativo a la teoría de la U invertida, un enfoque al que denominó teoría de las zonas de funcionamiento óptimo (ZOF). Este autor, tras numerosos estudios realizados para validar la forma rusa del STAI, llegó a la conclusión de que el nivel de activación de un deportista era una cuestión altamente individual, y que todos los atletas de élite, independientemente de cuál fuese la disciplina deportiva practicada, tenían una zona óptima de activación en la que se producía el máximo rendimiento (Hanin, 1980 y 1986). En concreto, la teoría de las ZOF determina que un deportista alcanzará sus mejores rendimientos cuando su ansiedad precompetitiva se sitúe dentro de un estrecho rango o zona óptima de funcionamiento (ZOF), una zona que depende en gran medida de las características personales del sujeto y de la mayor o menor dificultad de la tarea.

La teoría de las ZOF determina que un deportista alcanzará sus mejores rendimientos cuando su ansiedad precompetitiva se sitúe dentro de un estrecho rango o zona óptima de funcionamiento

En su origen, las ZOF fueron definidas como: “las zonas o franjas en los niveles de ansiedad de un sujeto, medidos a través del STAI, que indican el rango de puntuaciones de ansiedad óptimo para dicho sujeto” (Balaguer, 1994, pp. 158-159). Los límites para establecer las Zonas de Funcionamiento Óptimo se obtendrían añadiendo y restando, respectivamente, cuatro puntos a la puntuación que refleja el nivel óptimo de ansiedad de un deportista, es decir, más/menos 4 puntos en la puntuación directa de la escala estado del STAI obtenida en su mejor competición. Por ejemplo, supongamos que un corredor de maratón en su mejor competición de la temporada obtuvo una puntuación de 36 en el STAI, esa puntuación se toma como indicador de su nivel de ansiedad óptima y, tras sumar y restar los 4 puntos pertinentes, la ZOF de ese deportista queda establecida en un rango que va desde 32 a 40 (STAI-estado). Asimismo, también podemos obtener información sobre el nivel de ansiedad óptima preguntando a los atletas cómo se han sentido antes de su mejor competición, ya que, como indica Hanin (1978, 1989), las personas son capaces de recordar, con suficiente precisión, las emociones experimentadas en competiciones anteriores.

Concluiremos, pues, que el enfoque de Hanin difiere del de la U invertida en dos aspectos fundamentales:

  1. El nivel óptimo del estado de activación no siempre se produce en el punto medio de la curva, sino que puede variar de una persona a otra
  2. El nivel óptimo del estado de activación (ansiedad) no es un punto único sino una banda ancha.

Por tanto, entrenadores y psicólogos deberían ayudar a los atletas a identificar y alcanzar su propia zona óptima de activación, una zona en la que, dependiendo de sus características personales, fisiológicas y técnicas, el atleta podrá rendir al máximo de sus posibilidades.

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