Ansiedad, estrés y nivel de actuación en el deporte. Técnicas de control de los aspectos cognitivos

Como acertadamente señalan Bunker y Williams (1991), uno de los hallazgos más consistentes en la literatura sobre la ejecución deportiva es la correlación directa entre la autoconfianza (creencia de que se puede realizar satisfactoriamente una conducta deseada) y el éxito deportivo.

Normalmente, aquellos atletas que destacan en una determinada disciplina deportiva son autoconfiados, es decir, creen en sí mismos y en sus aptitudes. Su confianza se ha ido desarrollando a lo largo de los años y, con frecuencia, es el resultado de una manera positiva de pensar y de repetidas experiencias de éxito. Los atletas confiados están convencidos de que son “capaces” y así lo demuestran. Nunca se dan por vencidos. Son personas que piensan sobre sí mismas y sobre la acción inmediata que deben realizar de forma diferente a como lo hacen los demás. Sabedores de sus capacidades tanto como de sus limitaciones, están en contacto con la realidad y tienen claro que lo que un deportista piensa o dice es algo crítico para la ejecución deportiva. Se dicen a sí mismos cosas positivas y nunca minimizan sus posibilidades, se centran más en un dominio exitoso de la tarea que en la inquietud y las consecuencias de llevar a cabo una mala actuación y, lo que es más importante, se ven siempre como ganadores.

 Normalmente, aquellos atletas que destacan en una determinada disciplina deportiva son autoconfiados, es decir, creen en sí mismos y en sus aptitudes

Desgraciadamente, no todos los deportistas son autoconfiados y acostumbran a decirse así mismos cosas positivas. Al contrario, la mayoría de los deportistas están más preocupados por no cometer errores que por mostrar sus habilidades, por conseguir la aprobación de los demás que por disfrutar del evento, por neutralizar el juego del adversario que por desarrollar el suyo propio, y esa actitud, precisamente, es la que les impide fijar la atención en la tarea que tienen entre manos. Cuando los deportistas no tienen confianza juegan para no perder, se muestran indecisos y tratan, sobre todo, de no cometer errores. Tienen las destrezas necesarias para lograr el éxito, pero les falta confianza en su capacidad para ejecutarlas bajo presión. Invierten enormes cantidades de tiempo hablando consigo mismos, pero ese diálogo, la mayoría de las veces, únicamente evidencia preocupación, incertidumbre y duda. Y, ya se sabe, de la misma manera que los pensamientos de éxito conducen a sentimientos positivos y a una buena ejecución, los pensamientos poco apropiados o erróneos, con frecuencia, conducen a sentimientos negativos y a una pobre ejecución.

imag12

Así pues, es importante que todos los implicados en la práctica deportiva comprendan que las respuestas cognitivas, más o menos  conscientes, que se generan ante cualquier acontecimiento deportivo afectan en gran medida al estado emocional del atleta, y que, por tanto, tienen una influencia directa e inmediata sobre su rendimiento. Y una vez comprendido esto, asuman que es necesario enseñar a los deportistas algunas técnicas psicológicas que les permitan interrumpir y rectificar todos aquellos pensamientos  frustrantes que, de un modo u otro, pueden perjudicar su actuación. Como oportunamente advierte J. Williams (1991), es esencial que los entrenadores y psicólogos del deporte enseñen a los atletas a controlar sus respuestas cognitivas, a interrumpir y sustituir los pensamientos autofrustrantes por pensamientos positivos, por pensamientos que edifiquen la confianza y las expectativas de éxito.

imag13

Ahora bien, no conviene olvidar que el pensamiento positivo tampoco es un arma mágica que garantiza, en todo momento y lugar, la ejecución perfecta. Al contrario, a pesar de la indiscutible relación entre la autoconfianza y el éxito deportivo, lo cierto es que en el rendimiento de un atleta influyen otros factores además de la confianza y la autoestima. Las limitaciones físicas del propio deportista, por ejemplo, la experiencia y el dominio de la técnica, el grado de preparación, la estrategia competitiva o la calidad del contrario, son algunos elementos que habrán de ser tenidos en cuenta a la hora de predecir el éxito deportivo. No obstante, tal y como señala Williams (1991), es indispensable que los atletas comprendan cómo trabaja la mente, que tomen conciencia de cómo los pensamientos afectan a los sentimientos y a las acciones de las personas, y, por último, que aprendan cómo controlar esos pensamientos.

 A pesar de la indiscutible relación entre la autoconfianza y el éxito deportivo, lo cierto es que en el rendimiento de un atleta influyen otros factores además de la confianza y la autoestima

En cualquier caso, no es el hecho de estar pensando en algo lo que distrae al deportista y lo conduce a una desatinada ejecución, sino el estar teniendo un pensamiento inapropiado mientras desarrolla la actividad deportiva. Si el atleta fuese capaz de utilizar el pensamiento de forma conveniente, afirman Bunker y Williams (1991), podría contar con un gran aliado a la hora de optimizar su rendimiento y conseguir una buena actuación. Por esta razón, insistimos tantas veces en que es indispensable que los deportistas aprendan a reconocer y controlar sus respuestas cognitivas.

 Si el atleta fuese capaz de utilizar el pensamiento de forma conveniente, podría contar con un gran aliado a la hora de optimizar su rendimiento y conseguir una buena actuación

La cuestión primordial no es si hay que pensar o no, sino qué, cuándo y cómo pensar. Se acepte o no esta tesis, lo que sí parece incuestionable es que los pensamientos negativos del deportista, pensamientos que afectan enormemente a su estado emocional, dificultan en gran medida su rendimiento. Normalmente, son pensamientos que revelan la inseguridad, la preocupación y la falta de confianza del atleta en sus posibilidades; pensamientos frustrantes, derrotistas, que afectan al equilibrio emocional a través de diferentes vías de actuación, entre las cuales Martens (1987) destaca las siguientes:

  1. Generando enormes preocupaciones acerca del rendimiento deportivo. Especialmente temores centrados en la comparación del rendimiento propio con el de los demás, comparación que impide al atleta identificar las demandas de la situación y prepararse para actuar en consecuencia.
  2. Dificultando o imposibilitando la toma de decisiones. El atleta continúa, una y otra vez, dando vueltas en su cabeza a las distintas alternativas que se le ofrecen sin atreverse a tomar una decisión.
  3. Haciendo que el deportista se preocupe por los síntomas físicos asociados a la situación deportiva (estrés), en lugar de centrarse en las demandas de la situación.
  4. Manteniendo una línea de pensamientos redundantes, casi obsesivos, acerca de las consecuencias que le puede acarrear una mala actuación.
  5. Realizando autocríticas, reproches y censuras de forma sistemática, minimizando siempre la calidad de la ejecución.

A primera vista, este tipo de pensamientos derrotistas, por desgracia demasiado abundantes en el mundo del deporte, parecen producirse de forma espontánea y natural cada vez que el atleta tiene que competir. Incluso, parecen estar fuera de su control.

9

Sin embargo, la realidad es algo diferente. Es verdad que, en muchos casos, estos pensamientos se imponen como algo inevitable y que algunos deportistas los consideran como tal, ahora bien, no es menos cierto que existen ciertas técnicas, no muy complejas, que nos permiten controlarlos de forma muy eficaz. Lo único necesario es conocer esas técnicas y utilizarlas en el momento adecuado. Así pues, puede resultar interesante señalar aquí algunas de las principales técnicas con las que cuenta la Psicología del Deporte para el control de estos aspectos cognitivos tan perjudiciales para el deportista.

Detención de pensamientos

La técnica de detención de pensamientos es un método muy eficaz para la eliminación de pensamientos negativos o  contraproducentes. Su lógica descansa en la certidumbre de que si un estímulo es lo suficientemente potente como para atraer la atención del sujeto, también puede hacer que desaparezcan los pensamientos que en ese momento se están desarrollando.

Esta técnica requiere que el atleta focalice brevemente la atención en los pensamientos no deseados que transitan por su mente, los identifique y, sirviéndose de un desencadenante, trate de interrumpir su flujo. El desencadenante puede ser una palabra, como “basta” o “stop”; una acción física, como chasquear los dedos o golpear con la mano sobre el muslo; o una combinación de ambas cosas. En cualquier caso, cada deportista debe elegir aquel desencadenante que le resulte más natural y utilizarlo de forma firme y consistente. Con todo, puede que no siempre sea posible evitar la presencia de pensamientos negativos. Por eso, cuando tales pensamientos se dan, un buen consejo es el de no permitir que la mente se centre e insista en ellos, dejarlos pasar; incluso, concentrarse en algún pensamiento positivo o en alguna señal específica que pueda servir para desencadenar lo que el deportista realmente quiere y sabe hacer.

Esto, evidentemente, conduce a una nueva técnica para el control de los pensamientos: el cambio de los pensamientos autofrustrantes por pensamientos positivos, una variante de la detención de pensamientos cuya razón de ser no es otra que evitar que los pensamientos negativos circulen a su antojo por la mente. En esta variante, como ya hemos señalado anteriormente, el psicólogo del deporte o el entrenador instruyen al deportista para que elimine los pensamientos indeseables tan pronto como aparezcan en su cabeza e, inmediatamente, se centre en pensamientos alternativos positivos y adecuados.

Reorganización cognitiva

Otra de las técnicas que se ha mostrado efectiva en el control de los aspectos cognitivos es la reorganización cognitiva. El objetivo principal de esta técnica es modificar la forma en que el deportista interpreta las diferentes situaciones a las que ha de dar respuesta, o lo que es lo mismo, corregir sus pensamientos irracionales para conseguir, por un lado, que no desarrolle respuestas emocionales y autoinformes que puedan deteriorar su estado de ánimo, y, por otro, que sea capaz de llevar a cabo comportamientos que le permitan hacer frente a la situación con eficacia.

Resolución de problemas

La tercera de las técnicas de control cognitivo a la que vamos a referirnos en este apartado es la resolución de problemas, una técnica que por su dinámica y dificultad merece, creemos, una pequeña introducción. Digamos, pues, que en el transcurso de la vida cotidiana, la mayoría de las personas nos encontramos con multitud de inconvenientes que vamos resolviendo con mejor o peor fortuna.

Sin embargo, todo el mundo es consciente de que existen algunos problemas para los que es muy difícil encontrar solución. Nos estamos refiriendo aquí a todas aquellas dificultades que desbordan la capacidad y la experiencia del sujeto, a todos los conflictos que le producen ansiedad, a todos los obstáculos que, a pesar de su perseverancia, le resultan infranqueables y ponen en entredicho su competencia. Pues bien, en relación con estos problemas no resueltos, Labrador y Crespo (1994) afirman que si no se solucionan con prontitud pueden desembocar en situaciones aún más problemáticas que las originales, lo que puede hacer que el individuo comience a sentirse incapaz de resolver no sólo ese problema concreto, sino cualquier otro que pueda surgir. En estos casos, la ansiedad termina por hacer acto de presencia, por extenderse y nublar la conciencia, acrecentando el problema original y haciendo que el sujeto sea cada vez menos competente para generar soluciones a los problemas que puedan ir surgiendo. Dicho con otras palabras, el deportista fracasa de forma continuada en dar una respuesta eficaz a las demandas de la situación y únicamente es capaz de ofrecer soluciones-remiendo, soluciones que sólo son eficaces a corto plazo y que fracasan al cabo de un tiempo, reforzando así la creencia de la persona en su propia inutilidad e incrementando las dificultades que tiene para tomar decisiones. Así las cosas, no ha de extrañar que la técnica de resolución de problemas se plantee como principal objetivo conseguir que los atletas aprendan a reconocer los problemas que conlleva la práctica deportiva a medida que estos van surgiendo, a la vez que aprenden a controlar e inhibir la tendencia a actuar de forma impulsiva. Si, como consecuencia de la aparición de un problema, se produce una respuesta o un estado emocional alterado, el deportista ha de pararse a considerar los motivos y las consecuencias de tal estado, deteniendo así la cadena de reacciones que le llevaría a una acción impulsiva, casi automática. Como acertadamente indica Avia (1984), esta actuación permite al deportista hacer frente de forma mucho más eficaz a las situaciones problemáticas que se producen antes, durante o después de la competición, al tiempo que reduce la ansiedad asociada a la incapacidad de tomar decisiones.

 Dicho con otras palabras, el deportista fracasa de forma continuada en dar una respuesta eficaz a las demandas de la situación y únicamente es capaz de ofrecer soluciones-remiendo, soluciones que sólo son eficaces a corto plazo y que fracasan al cabo de un tiempo, reforzando así la creencia de la persona en su propia inutilidad e incrementando las dificultades que tiene para tomar decisiones

Establecimiento de objtetivos

 el establecimiento de objetivos clarifica las expectativas, ayuda a superar el aburrimiento de los entrenamientos monótonos, aumenta la motivación interna, la satisfacción y la autoconfianza

El establecimiento de objetivos es otra de las técnicas que ha demostrado desde hace tiempo su efectividad en el control de las  espuestas cognitivas y en la mejora del rendimiento (Locke et al., 1981; Locke y Latham, 1985; Garland, 1985; Mento, Steel y Karren, 1987; Burton, 1989; etc.). La explicación a este incontestable hecho es relativamente sencilla: “el establecimiento de objetivos clarifica las expectativas, ayuda a superar el aburrimiento de los entrenamientos monótonos, aumenta la motivación interna, la satisfacción y la autoconfianza” (Gil, 1991, p. 68). De hecho, los investigadores tienen dos formas de explicar el modo en que los objetivos influyen en el rendimiento:

  • desde un punto de vista mecánico directo.
  • desde una perspectiva indirecta de proceso de pensamiento. Directamente, haciendo que la atención del deportista se dirija hacia elementos importantes de la tarea, aumentando su perseverancia y facilitando nuevas estrategias de aprendizaje. Indirectamente, provocando cambios positivos en importantes factores psicológicos, como la autoconfianza, la ansiedad y la satisfacción.

Además, no podría ser de otra manera. Dada su particular idiosincrasia, el deporte siempre ha estado relacionado con el establecimiento y la consecución de objetivos. Esto fundamentalmente es debido a que, con independencia de los motivos que cada uno de ellos pueda esgrimir para justificar su participación en un determinado deporte, la mayoría de los deportistas compiten para obtener un resultado que les permita imponerse, vencer, batir un récord o mejorar su marca personal. Ganar, clasificarse, ascender, mejorar… son, pues, los verdaderos objetivos del deportista de élite. Unos objetivos que el entrenador y el propio deportista  establecen al comienzo de la temporada y a cuya consecución encaminan todos sus esfuerzos.

 Ganar, clasificarse, ascender, mejorar… son, pues, los verdaderos objetivos del deportista de élite

Sin embargo, en algunas ocasiones esos objetivos se establecen de manera irreflexiva o poco realista, lo que, en la mayoría de los casos, ocasiona la aparición de pensamientos autofrustrantes y la presencia de un alto nivel de activación, dos modalidades de respuesta que, como ya hemos explicado con anterioridad, afectan negativamente al rendimiento deportivo. Por ejemplo, cuando a un atleta cuyo nivel técnico le permite ser el campeón nacional de la especialidad se le propone o, peor aún, se le exige ganar el campeonato de Europa, se le está señalando un objetivo imposible de alcanzar, un objetivo irreflexivo y disparatado que genera un plus de ansiedad que el deportista difícilmente va a poder manejar. Como señalan Browne y Mahoney (1984), el secreto del establecimiento de objetivos está, precisamente, en llegar a un punto de equilibrio entre el desafío que supone el objetivo y la posibilidad de que éste sea alcanzado, lo cual tampoco es tarea fácil.

wrtewrtretertwet

Así pues, podemos decir que la técnica de establecimiento de objetivos consiste, esencialmente, “en la aplicación sistemática y programada de los objetivos, siguiendo los criterios resultantes del campo experimental” (Labrador y Crespo, 1994, p. 102). Para este menester, y tomando como punto de partida el nivel actual de competencia (dominio de la habilidad) que posee el sujeto, se acostumbra a fijar una serie de pasos o etapas intermedias de perfeccionamiento y mejora, etapas que el deportista ha de ir superando hasta alcanzar el último escalón, el objetivo final. Cada vez que logra superar uno de los pasos intermedios, el sujeto avanza, progresa, se acerca cada vez más hacia el objetivo final, con el consiguiente mantenimiento de la motivación, aumento de la autoconfianza y mejora de la ejecución. Por consiguiente, tal y como señala Buceta (1989), se deben programar metas que realmente sean alcanzables para el deportista, idear criterios objetivos que permitan determinar si se han alcanzado o no las metas propuestas y establecer dichas metas más en función del progreso del deportista que del resultado de la competición. En cualquier caso, si lo que realmente pretendemos es elaborar una programación de objetivos acertada y eficaz, habremos de tener presentes varios principios básicos:

  • Siempre que sea posible, establecer objetivos específicos. Las metas específicas, explícitas y operativas, son más eficaces para facilitar el cambio conductual que las metas generales o la no utilización de metas. Por ello, es muy importante que en el contexto deportivo las metas se definan en términos de conductas observables, medibles y cuantificables.
  • Programar objetivos difíciles pero, al mismo tiempo, realistas. Las metas no tienen demasiado valor si no se necesita ningún esfuerzo para alcanzarlas, pero, si exceden la capacidad del deportista sólo conducen al error y la frustración. Así pues, se recomienda que las metas que se establezcan sean lo suficientemente difíciles como para suponer un reto para los atletas, pero que, a la vez, sean realistas para poder ser alcanzadas (McClements, 1982).
  • Establecer objetivos a corto y largo plazo. Los cambios importantes de conducta no tienen lugar de la noche a la mañana, por eso es necesario fijar objetivos tanto a corto como a largo plazo. Una forma eficaz de comprender este principio es imaginando una escalera. El peldaño más alto representa el objetivo a largo plazo, la meta ideal del atleta, y el peldaño más bajo, su habilidad actual. El resto de los peldaños representan una progresión en el logro de metas a corto plazo, una progresión que va desde el peldaño más bajo hasta el final de la escalera.

imag14

  • Fijar siempre objetivos de rendimiento. Aunque resulte difícil de creer, la mejor forma de ganar un campeonato o derrotar a un adversario es centrándose en la consecución de metas de rendimiento, es decir, de ejecución y mejora personal. El énfasis excesivo en las metas de resultado (vencer en una prueba, clasificarse para un determinado evento, derrotar a un adversario…) crea ansiedad durante la competición, dando lugar a que el deportista dedique un tiempo indebido a preocuparse en vez de concentrarse en su cometido. Tal y como señala Burton (1984), los atletas, en el mejor de los casos, sólo tienen un control parcial de las consecuencias de su actuación, ya que, a pesar de su esfuerzo y de la calidad de su ejecución, no pueden controlar la conducta de los otros participantes. Un corredor de maratón, por ejemplo, puede realizar su mejor marca personal y batir, incluso, el récord del mundo en una determinada prueba, sin embargo, como su objetivo era conseguir la victoria, puede sentir que ha fracasado rotundamente al haber llegado a meta en segunda posición. Así pues, la clave está en subrayar las metas de rendimiento personal, metas que crean mayores oportunidades para encontrar el éxito que todos los atletas necesitan.
  • Anotar por escrito los objetivos. Diversos psicólogos del deporte (McClements, 1982; Botterill, 1983; Harris y Harris, 1984) aconsejan que, una vez se hayan fijado los objetivos, estos se anoten y coloquen en un lugar donde puedan verse con facilidad. Harris y Harris (1984), por ejemplo, recomiendan que los atletas lleven un cuaderno de registro de metas donde apunten, basándose en datos diarios o semanales, las metas establecidas, las estrategias de consecución de metas y los progresos de metas. Botterill (1983), por su parte, propone que el entrenador formalice un contrato conductual de establecimiento de metas con cada deportista, un contrato que ambas partes deberán firmar y que más tarde podrá ser utilizado para recordar al deportista sus metas si en algún momento llega a olvidarlas.

qwertyuik123e4rtyhuj

  • Desarrollar estrategias adecuadas para la consecución de los objetivos. Un ingrediente indispensable en cualquier programa eficaz de establecimiento de objetivos es la descripción de las estrategias que han de utilizarse para alcanzar los mismos. Como señalan Carroll y Tosi (1973), el logro de los objetivos deportivos puede facilitarse por medio de un plan de acción o estrategia de consecución de metas, un plan que consiste, básicamente, en un programa de entrenamiento con objetivos específicos para cada sesión. Así, un jugador de baloncesto que ha fijado como meta mejorar su porcentaje de tiros libres en cinco puntos, puede, después de cada sesión práctica, lanzar veinticinco tiros libres extra como estrategia para lograr dicho objetivo. En todo caso, este plan de acción puede referirse directamente al rendimiento o bien estar relacionados con las condiciones previas necesarias para la mejora del rendimiento, como son el desarrollo de la fuerza y resistencia del deportista.
  • Tener en cuenta la personalidad de los participantes. La motivación y las orientaciones de futuro de una persona, dicen Weinberg y Gould (1996), “influyen en los objetivos que se propone y en lo bien o mal que funcione el programa de establecimiento de éstos” (p. 376). En efecto, los deportistas que presentan un nivel de logro elevado, y cuyas personalidades se caracterizan por un alto grado de motivación para conseguir el éxito –a la vez que un nivel bajo para evitar el fracaso-, encuentran y asumen rápidamente objetivos desafiantes pero realistas. Por el contrario, los deportistas con un nivel de logro bajo, es decir, aquellos que presentan un alto grado de motivación para evitar el fracaso y bajo para conseguir el éxito, tratan siempre de plantearse objetivos o demasiado fáciles o muy difíciles. Por tanto, comprender e identificar esas diferencias de personalidad nos ayudará a saber qué podemos esperar de las personas a las que estamos ayudando a fijar objetivos.
  • Favorecer el compromiso del atleta fijando objetivos individuales. Un deportista nunca podrá alcanzar sus objetivos si no se compromete y se esfuerza en la tarea. Por este motivo, los entrenadores y los psicólogos del deporte nunca deben establecer los objetivos de temporada sin contar con la participación y la aprobación de los atletas. En vez de ello, han de procurar que éstos formen parte del proceso de elaboración y establecimiento de las metas, requiriendo su parecer y animándoles a establecer sus propios objetivos.
  • Proveer de apoyo a los objetivos. Un programa de establecimiento de objetivos no tiene éxito a menos que cuente con el apoyo y la colaboración de todas aquellas personas que son importantes en la vida del atleta. Esta apreciación incluye tanto al entrenador como a la familia y amigos del deportista, a su cónyuge y a los compañeros de equipo, personas sin cuya implicación y participación difícilmente podrán alcanzarse las metas fijadas. Así pues, han de programarse acciones tendentes a la educación de estos sujetos en el conocimiento de las metas que el atleta establece y de la importancia que su apoyo tiene en el progreso hacia esos objetivos.

lets go

  • Programar un sistema de evaluación de objetivos. Basándose en la revisión de los trabajos de Botterill publicados en 1983, Locke y sus colaboradores (1981) concluyeron que un cierto feedback evaluador es necesario cuando las metas del deportista están orientadas hacia la mejora de la ejecución. Al parecer, es el propio atleta el que exige recibir algún tipo de feedback acerca de su ejecución presente y de la relación de ésta, tanto en términos de largo como de corto plazo, con las metas fijadas. En algunos casos, el feedback es fácil de obtener –por ejemplo, en forma de estadísticas de ejecución (puntos conseguidos, asistencias, rebotes, etc.)-.

imag15

En otros, por el contrario, es necesario que el entrenador o el psicólogo del deporte hagan grandes esfuerzos para poder ofrecer un feedback evaluador -por ejemplo, llevar un registro de observación con el número de veces que un jugador ha perdido los nervios en las sesiones de entrenamiento-. Por lo demás, las estrategias de evaluación deben arbitrarse siempre al iniciar el programa de establecimiento de objetivos, y ponerse en práctica a medida que el programa vaya avanzando, pudiéndose modificar en función de los logros obtenidos.

Inoculación de estrés

Tal y como señala Avia (1984), la técnica de inoculación de estrés es un tratamiento multifacético en el que se enseñan al sujeto diferentes técnicas psicológicas que puede utilizar siempre que tenga que enfrentarse a situaciones potencialmente estresantes. De hecho, en este tipo de tratamiento es el propio deportista el que selecciona, de entre las técnicas aprendidas, la que más se ajusta en cada momento a sus necesidades y a su estilo. Entre otras cosas, dentro del entrenamiento en inoculación de estrés, se enseña al atleta a reducir su nivel de activación fisiológica, a corregir la interpretación automática que hace de las situaciones estresantes y a modificar las verbalizaciones que emite ante las mismas. Y todo ello en tres fases: una fase educativa, en la que se explica al deportista la naturaleza y el desarrollo de las reacciones de estrés; una fase práctica, en la que, mediante modelado y práctica real, el deportista va adquiriendo las destrezas necesarias para manejarse en las situaciones de estrés; y una fase de aplicación, en la que, mediante películas o simulacros de sucesos estresantes, se crean experimentalmente niveles moderados de estrés que sirven para poner a prueba las técnicas adquiridas por el deportista (reestructuración cognitiva, relajación muscular, autoinformes, etc), a modo de inmunización para posteriores situaciones de estrés.

También puede interesarte:

Ansiedad, estrés y nivel de actuación en el deporte. Introducción

Ansiedad, estrés y nivel de actuación en el deporte. Definición de arousal

Ansiedad, estrés y nivel de actuación en el deporte. Medición del arousal

Ansiedad, estrés y nivel de actuación en el deporte. Relación Arousal-Rendimiento deportivo

Ansiedad, estrés y nivel de actuación en el deporte. Técnicas para el control de arousal

image002 (1)

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s